El papel de la educación en la reconstrucción de Venezuela

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El 14 de septiembre el país vuelve a clase. Esa fecha puede ser solamente un trámite o el primer acto de una reconstrucción estratégica y con visión de futuro.

En Japón, después de Kobe, las escuelas fueron de los primeros edificios en reabrir. Había una razón práctica y otra simbólica. Práctica: un techo seguro para los niños libera a las familias y ayuda a ordenar la ciudad. Simbólica: el país declara que el futuro sigue en pie. Chile aplicó la misma lógica tras el desastre por el sismo del 27F. México, tras el terremoto de 2017, entendió que la escuela es infraestructura crítica, al mismo nivel que el hospital y la subestación eléctrica.

El año escolar 2026-2027 comenzará en Venezuela el 14 de septiembre con esa prueba delante. Lo que ocurra en las aulas —y alrededor de ellas— dirá si la reconstrucción mira hacia los escombros o hacia la generación que deberá habitar el país reconstruido.

Lo que dicen las cifras, dos meses después

El doblete sísmico del 24 de junio dejó una herida educativa medible. El Ministerio de Educación reporta cerca de 900 planteles afectados de un universo de 27.000 escuelas. Once colapsaron. Unas 80 presentan daño estructural. Noventa y un centros requerirán reubicación de estudiantes. Delcy Rodríguez, en declaraciones recientes, actualizó la cifra a 1.019 escuelas intervenidas y mencionó un plan de recuperación que, en algunos planteles de Caracas, ya exhibe avances cercanos al 96% de ejecución.

Cecodap y la Redhnna, con un monitoreo centrado en La Guaira, Caracas y Miranda, aportan otra lectura de terreno: 27,3% de las escuelas evaluadas registra daños graves —grietas profundas en vigas o columnas, techos desprendidos, colapsos parciales—; 33,3% tiene áreas clausuradas; 65,7% presenta daños leves. En 43,4% hay problemas de agua potable. En 56,6% faltan telefonía o internet. Fe y Alegría documentó afectaciones en 84 de 93 centros revisados, con impacto sobre unos 15.000 estudiantes, y advirtió que 18.727 jóvenes de su red dependen de la reparación de 31 espacios críticos.

Detrás de estos números hay rostros. Cecodap ha documentado 1.405 niños, niñas y adolescentes heridos, desaparecidos o desplazados, y 221 fallecidos: una cifra aún en verificación, que probablemente aumentará en las próximas semanas. En las comunidades consultadas, lamentablemente más de la mitad reportó muertos y damnificados. Sesenta y siete refugios funcionaron en espacios escolares. Doce ya fueron desocupados. Quedan 55. Liberar esas aulas es tan urgente como reparar una viga en un edificio.

Quedo a la espera por si falta algún fragmento más.

El 14 de septiembre como decisión de país

Reubicar a cada estudiante afectado por la tragedia, en el colegio más cercano a su casa o a su campamento es una medida necesaria. También es apenas el primer movimiento. El verdadero indicador será otro: cuántos planteles abrirán con certificación técnica de habitabilidad, con agua, con un docente presente en cada aula y con un plan para acompañar el duelo.

Carlos Trapani, Coordinador General de Cecodap (Centro Comunitario de Aprendizaje), lo resumió con una exigencia simple: el retorno presencial debe ser seguro. Esa exigencia se traduce en método. Debe existir un listado público por escuela. Un semáforo estructural visible para las familias. Un protocolo de réplicas que permita un manejo seguro de la situación. Un espacio alternativo listo si el aula principal sigue en reparación. Japón imprime en la cultura escolar el simulacro; Chile convirtió la escuela en punto de encuentro comunitario después del desastre. Venezuela puede adoptar ambas prácticas en cuestión de semanas, si decide que el aula es prioridad nacional.

Hay una tentación operativa: abrir para cumplir el calendario. Hay una oportunidad estratégica: usar el calendario para elevar el estándar. Cada plantel que reabra con norma, luz, agua y contención emocional será una prueba de que el Estado y la sociedad todavía saben formar ciudadanos.

Más que paredes: el capital que sostiene la reconstrucción

Durante años he sostenido —y lo desarrollé ampliamente en mi libro Bienvenidos al futuro— que el destino de Venezuela se juega en la calidad de las personas que seamos capaces de formar. Como un concepto nuevo, lo llamé Crecelencia: crecer con excelencia y orientar ese crecimiento hacia los demás impactando positivamente a nuestra comunidad. Países como Corea del Sur, Japón, Finlandia, Singapur o Estonia lo entendieron antes; nosotros tenemos ahora la oportunidad de hacerlo en medio de la adversidad. El 24 de junio volvió esa idea concreta. La persona que reconstruirá este país en 2027, 2030 y 2035 está hoy en un aula —o espera un aula— en La Guaira, Catia, Los Teques, Maiquetía, Petare o Güiria.

Por eso la escuela de la poscatástrofe pide un diseño más amplio que la mampostería. Pedirá oficios de la reconstrucción: evaluación estructural, electricidad, plomería, gestión de cuencas, primeros auxilios, lectura de riesgos. Pedirá alfabetización digital, porque el mundo que viene se organiza en redes de datos tanto como en carreteras. Pedirá alfabetización emocional, porque una generación que vio caer edificios necesita herramientas para volver a confiar en el espacio compartido. Pedirá maestros con condiciones dignas. Un país que pide heroísmo cotidiano a sus docentes y les niega estabilidad laboral, salarios dignos y formación continua está pidiendo un milagro en lugar de construir un sistema.

La rehabilitación anunciada de más de 1.000 —y en algunos balances 1.500— planteles será un logro si cada uno de esos techos alberga un proyecto pedagógico. Una escuela nueva con el mismo modelo viejo reproduce la fragilidad bajo un cielo más limpio.

Cinco movimientos para que el aula lidere la reconstrucción

Primero: certificar. Cada centro, público o privado, con un dictamen técnico público de habitabilidad. Las familias merecen saber qué espacios son aptos y cuáles siguen en obra.

Segundo: publicar. Un tablero nacional, escuela por escuela, con semáforo estructural, servicios, cupos de reubicación y fecha estimada de plenitud operativa. La confianza crece cuando la información circula.

Tercero: liberar las aulas que aún son refugio, con un traslado digno de las familias a campamentos unifamiliares o viviendas. El derecho a techo y el derecho a educarse pueden avanzar juntos.

Cuarto: acompañar. Programas de apoyo psicosocial para estudiantes, docentes y familias, con prioridad en La Guaira, Caracas y Miranda. El aprendizaje vuelve cuando el miedo encuentra palabras y rituales.

Quinto: rediseñar. Aprovechar la reparación para incorporar norma sísmica estricta, drenaje, accesibilidad, conectividad y un currículo que enseñe a leer el territorio: fallas, cuencas, energía, oficios, civismo. La escuela puede ser el primer edificio resiliente de cada comunidad.

La generación que puede devolverle visión al país

El evento sísmico del 24 de junio interrumpió clases, rutinas y certezas. El 14 de septiembre puede devolver ritmo. Ese ritmo será fecundo si el aula se entiende como la infraestructura más estratégica de la reconstrucción.

Un país levanta viviendas para habitar el presente. Levanta escuelas para habitar el futuro. Las 335 casas nuevas y las 1.001 rehabilitadas importan. Importan igual, o más, los 221 niños que ya no volverán y los miles que sí volverán, si les damos un salón seguro y un maestro capaz de sostenerlos.

Ver a esa generación. Formarla con rigor y con cuidado. Confiarle después la obra grande. Esa es la secuencia. El porvenir de Venezuela volverá a caber en un pupitre. Conviene que ese pupitre esté firme, y que quien se siente en él esté preparado para construir el país que todavía no existe, pero que ya estamos decidiendo hoy.

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