En Ensayo sobre la ceguera, José Saramago imagina una sociedad golpeada repentinamente por una extraña epidemia. Las personas comienzan a perder la vista, una tras otra, hasta que prácticamente nadie puede ver. La ciudad continúa existiendo, los edificios permanecen en pie y las calles siguen allí, pero el orden que sostenía la convivencia comienza a desmoronarse.
La ceguera de Saramago trasciende los ojos. Es también una ceguera moral y colectiva: la incapacidad de reconocer al otro, de comprender las consecuencias de nuestros actos y de conservar referencias cuando las estructuras que parecían permanentes comienzan a desaparecer.
Hay, sin embargo, una persona que conserva la vista: la mujer del médico. Ella observa lo que los demás ya no pueden ver. Contempla el miedo, la degradación y el sufrimiento, pero también descubre gestos extraordinarios de solidaridad y humanidad. Su privilegio se convierte rápidamente en responsabilidad. Puede ver y, precisamente por ello, tiene la obligación de orientar, acompañar y ayudar a quienes caminan a oscuras.
Esa imagen de Saramago puede ayudarnos a pensar en Venezuela. Nuestro país deberá enfrentar durante los próximos años una tarea que probablemente será mucho más compleja de lo que solemos imaginar. Tendremos que recuperar instituciones, reconstruir infraestructura, mejorar los servicios públicos, recuperar la capacidad productiva, modernizar la educación, generar empleo, atraer inversiones y crear condiciones para que millones de venezolanos puedan volver a imaginar un futuro dentro de su propio país.
Pero existe una reconstrucción todavía más profunda. Venezuela necesita recuperar su capacidad de ver. Ver con claridad dónde estamos. Reconocer nuestros errores. Comprender nuestras fortalezas. Identificar las oportunidades que todavía poseemos. Entender el mundo que está emergiendo y decidir qué lugar queremos ocupar dentro de él. Para hacerlo necesitaremos una nueva generación de líderes.
Liderar es ayudar a ver
Durante mucho tiempo hemos asociado el liderazgo político con la aparición de grandes figuras capaces de movilizar multitudes. Nuestra propia historia está llena de ellas. Quizás el futuro demande otra concepción. Venezuela necesita formar liderazgos en plural: políticos, empresariales, académicos, científicos, tecnológicos, comunitarios y sociales. Personas capaces de ejercer influencia desde distintos espacios y, sobre todo, preparadas para transformar esa influencia en resultados para la sociedad.
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Porque reconstruir un país no será tarea de una sola persona, de un gobierno ni de un período presidencial. Será probablemente el proyecto de una generación. Y esa generación necesitará aprender a mirar en tres direcciones. La primera será hacia sí misma.
El liderazgo comienza por la capacidad de gobernarse antes de pretender gobernar a otros. Nuestros futuros líderes necesitarán principios sólidos, preparación intelectual, inteligencia emocional, capacidad para escuchar, humildad para reconocer errores y fortaleza para tomar decisiones difíciles. Necesitarán comprender que el poder constituye, ante todo, una responsabilidad.
En la novela de Saramago, ver representa una carga precisamente porque quien puede distinguir el camino adquiere responsabilidad sobre quienes todavía no pueden hacerlo. Algo similar ocurre con el liderazgo. Ver antes que los demás es visión. Ayudar a los demás a encontrar el camino es liderazgo.
Aprender a ver nuevamente a Venezuela
La segunda mirada tendrá que dirigirse hacia nuestro propio país. Durante demasiado tiempo Venezuela ha vivido atrapada entre diagnósticos parciales, intereses enfrentados y visiones de corto plazo. Hemos permitido que nuestras diferencias políticas ocupen un space tan grande que, en ocasiones, terminamos perdiendo de vista los problemas que tendremos que resolver independientemente de quién gobierne.
Educación. Salud. Infraestructura. Electricidad. Agua. Seguridad jurídica. Productividad. Empleo. Instituciones. Tecnología. Energía. Medioambiente. Desigualdad. La lista es extensa. Pero un liderazgo verdaderamente transformador tendrá que aprender también a mirar las oportunidades.
Venezuela posee una ubicación geográfica privilegiada, enormes recursos energéticos y minerales, tierras con potencial agrícola, biodiversidad, posibilidades turísticas y una cultura que históricamente ha demostrado una extraordinaria capacidad para integrar personas provenientes de diferentes lugares del mundo.
Existe además un recurso posiblemente más importante que todos los anteriores: el talento venezolano. Dentro y fuera del país existe hoy una generación de profesionales, científicos, empresarios, médicos, ingenieros, académicos, emprendedores y trabajadores que ha acumulado experiencias en algunas de las sociedades y organizaciones más avanzadas del mundo. La diáspora venezolana representa una pérdida dolorosa, pero puede convertirse también en una extraordinaria red global de conocimiento, relaciones, inversión y experiencia.
Nuestros futuros líderes deberán saber conectar esas capacidades.
Venezuela dentro de un mundo diferente
La tercera mirada tendrá que dirigirse hacia afuera. La Venezuela que algún día emprenda plenamente su reconstrucción encontrará un mundo profundamente diferente al que conocimos durante las décadas de mayor prosperidad petrolera.
La inteligencia artificial está transformando industrias enteras. La transición energética modifica las estrategias de países y corporaciones. Las grandes potencias compiten por tecnología, energía, minerales críticos y cadenas de suministro. Nuevos centros económicos están emergiendo. La geopolítica vuelve a ocupar un lugar central en las decisiones empresariales y nacionales.
En ese escenario, Venezuela tendrá que definir nuevamente su posición. Poseer petróleo seguirá siendo importante, pero ya no será suficiente. Nuestros líderes deberán comprender simultáneamente energía, tecnología, economía, diplomacia, sostenibilidad, comercio internacional y geopolítica. Deberán construir relaciones con Estados Unidos y Europa, pero también entender el creciente peso de Asia, Medio Oriente, África y las economías emergentes.
Tendrán que aprender a navegar un mundo multipolar sin convertir a Venezuela nuevamente en escenario de disputas ajenas. Eso exige una generación de dirigentes con una visión mucho más amplia del país. No bastará con saber gobernar Venezuela. Habrá que saber posicionar a Venezuela en el mundo.
De reconstruir a convertirnos en referencia
Existe además una aspiración que deberíamos recuperar. Venezuela alguna vez fue tierra de oportunidades para millones de personas. Españoles, italianos, portugueses, árabes, latinoamericanos y ciudadanos provenientes de muchos otros lugares encontraron aquí la posibilidad de comenzar nuevamente. Llegaron con poco y construyeron empresas, familias, comunidades y sueños.
Durante décadas fuimos nosotros quienes abrimos las puertas. La historia después cambió y millones de venezolanos tuvieron que encontrar esas puertas abiertas en otras naciones. Quizás una de las mayores señales de nuestra recuperación llegará cuando Venezuela pueda volver a convertirse en una tierra donde las personas quieran construir su futuro. Pero podríamos aspirar todavía a algo más. Un país que consiga reconstruirse después de atravesar una crisis profunda puede convertirse en referencia para otros.
Imagino una Venezuela capaz de demostrar cómo se reconstruyen instituciones, cómo se recupera la confianza, cómo se incorpora una diáspora al desarrollo nacional, cómo se transforma una economía dependiente del petróleo, cómo se utilizan responsablemente los recursos naturales y cómo una sociedad profundamente dividida consigue reencontrarse. Una Venezuela capaz de aprender de sus heridas y transformar ese aprendizaje en conocimiento. Entonces nuestra recuperación tendría un significado que trascendería nuestras fronteras.
Volver a ver
Hacia el final de Ensayo sobre la ceguera, Saramago deja una reflexión inquietante: quizá nunca dejamos realmente de tener ojos; quizá simplemente dejamos de ver. La pregunta resulta inevitable para nosotros. ¿Seremos capaces los venezolanos de volver a ver? Ver al que piensa diferente. Ver nuestros errores sin quedar atrapados en ellos. Ver nuestras capacidades sin idealizarlas. Ver el talento que se marchó y el que permaneció. Ver más allá del petróleo. Ver las transformaciones que están ocurriendo en el mundo. Ver oportunidades donde durante años hemos encontrado solamente dificultades. Y, sobre todo, formar personas capaces de mirar más lejos que nosotros.
Porque Venezuela necesitará reconstruir carreteras, hospitales, escuelas, sembradíos, empresas e instituciones. Tendrá que recuperar su economía y reconstruir la confianza entre sus ciudadanos. Pero existe algo todavía más importante que tendremos que reconstruir: nuestra visión de futuro.
Por eso el liderazgo que Venezuela necesita deberá ser capaz de encender primero la luz dentro de casa: ayudar a su gente, recuperar la esperanza, transformar posibilidades en oportunidades y oportunidades en bienestar. Y quizás, algún día, esa luz pueda proyectarse más allá de nuestras fronteras.
Después de tantos años caminando entre sombras, Venezuela puede convertirse en una sociedad que aprenda nuevamente a ver. Y cuando una nación recupera la capacidad de ver su futuro, comienza también a recuperar la capacidad de construirlo.





