Generando ideas para la reconstrucción exitosa de las zonas afectadas en Venezuela tras el terremoto de junio, en una entrega anterior identifiqué tres frentes de acción inmediata: capital humano de emergencia, fiscalización de la norma sismorresistente existente y gobernanza de la reconstrucción. Este último punto merece un desarrollo propio, porque existe un cuerpo de investigación específico sobre cómo controlar procesos de reconstrucción, elaborado durante 25 años de trabajo de campo. Es el marco que proponen Laurie A. Johnson y Robert B. Olshansky en su obra After Great Disasters.
Un marco nacido de la experiencia
Johnson y Olshansky son planificadores con experiencia directa en desastres. Johnson fue autora principal del plan de recuperación de Nueva Orleans tras el huracán Katrina; Olshansky dirige el departamento de planificación urbana de la Universidad de Illinois y ha investigado reconstrucciones en China, India, Indonesia, Haití y Japón. Juntos trabajaron en Kobe tras el terremoto de 1995 y documentaron casos en seis países, publicados por el Instituto Lincoln en 2017.
Su conclusión central, tras años de trabajo de campo, es directa: la reconstrucción exitosa depende del control de cuatro variables concretas: el dinero, la información, la colaboración y el tiempo. Los países que las gestionan bien reducen años de sufrimiento innecesario; los que no, prolongan la crisis mucho después de que el peligro físico ha pasado.
Los cuatro pilares de una reconstrucción bien gobernada
El control del dinero. El poder real en una reconstrucción reside en quien controla el flujo de fondos: cómo se obtienen, asignan, desembolsan y auditan. India creó la GSDMA (Autoridad de Gestión de Desastres del Estado de Gujarat) específicamente para concentrar todos los fondos de recuperación en un solo lugar. Indonesia hizo algo similar con la agencia BRR tras el tsunami de 2004, incluyendo una rama exclusivamente dedicada a auditar de forma independiente el gasto de cada organización ejecutora.
El flujo de información. La reconstrucción avanza mejor cuando los actores comparten datos confiables sobre el progreso y las oportunidades emergentes. Tras los incendios forestales de 2009 en Victoria, Australia, más de 30 comités locales de recuperación funcionaron como
puntos focales para canalizar financiamiento y fijar prioridades barrio por barrio, según documentan Johnson y Olshansky. Japón y Nueva Zelanda institucionalizaron informes periódicos de progreso mediante sitios web y boletines, reduciendo así el espacio para rumores y desinformación.
El fomento de la colaboración. Chile, a través del MINVU, y Taiwán mediante la Comisión de Obras Públicas de su Yuan Ejecutivo, mostraron que una autoridad centralizada con capacidad real de coordinación logra alinear a múltiples agencias sin ahogar la iniciativa local. El contraste lo ofrece Wenchuan, China: un proceso jerárquico reconstruyó edificios con rapidez, pero limitó la participación local en las decisiones y dejó poco margen para adaptaciones necesarias sobre el terreno.
El equilibrio en los plazos (tiempo). Toda reconstrucción enfrenta la tensión entre actuar rápido y actuar bien. Nueva Zelanda otorgó a su autoridad de recuperación (CERA) poderes temporales extraordinarios —incluida la adquisición obligatoria de suelo— con plazos definidos de nueve meses para producir estrategias concretas. El lema de la Autoridad de Recuperación de Luisiana tras el Katrina resume el objetivo: «más seguro, más fuerte, más inteligente». Japón está reubicando comunidades costeras vulnerables a maremotos en proyectos que tardan hasta diez años, priorizando la seguridad de largo plazo sobre la velocidad inmediata.
Aplicando el marco a Venezuela
Este marco de referencia ofrece una hoja de ruta concreta para el momento que vive el país.
En materia de dinero, Venezuela recibe ya fondos humanitarios de múltiples fuentes. La ONU liberó recursos de su Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia y lanzó un llamamiento adicional por 296 millones de dólares específico para la respuesta al terremoto (Noticias ONU, julio 2026). El paso siguiente es replicar el modelo de la BRR indonesia o la GSDMA india: una instancia única que concentre, asigne y audite públicamente estos fondos, evitando la dispersión que suele acompañar a las emergencias prolongadas.
En materia de información, el país puede adoptar el modelo australiano de comités locales de recuperación, adaptado a estados como La Guaira, Yaracuy, Falcón y Carabobo. Estos comités darían voz a las comunidades afectadas sobre sus propias prioridades de reconstrucción y servirían como canal verificado de datos, algo especialmente relevante cuando ya existe una brecha documentada entre las cifras oficiales de edificaciones dañadas y las estimaciones satelitales de la NASA, señaladas en el artículo anterior. Aquí el foco debe estar orientado a la transparencia y a la disponibilidad inmediata de información relevante.
En materia de colaboración, la experiencia chilena y taiwanesa señala el camino preferible: una autoridad nacional con mandato claro que coordine ministerios, gobiernos regionales y organismos multilaterales, sin caer en el modelo rígido de Wenchuan. Dado que Venezuela recibió apoyo de rescatistas de 28 países, esa misma capacidad de articulación internacional puede formalizarse en una estructura de coordinación permanente para la fase de reconstrucción, con participación de colegios profesionales y universidades venezolanas.
En materia de tiempo, el país enfrenta la misma tensión que Nueva Zelanda y Japón resolvieron con plazos definidos: la urgencia de reubicar a las cerca de 17.000 personas que hoy ocupan campamentos transitorios —una fracción de los damnificados totales— debe combinarse con decisiones de mediano plazo sobre qué zonas de La Guaira, dado su historial de deslaves y ahora de colapsos sísmicos, conviene reconstruir en el mismo sitio y cuáles conviene reubicar con planificación deliberada (Noticias ONU, julio 2026).
La catástrofe como punto de inflexión
Johnson y Olshansky resumen su hallazgo central en una frase que vale la pena citar: «las catástrofes pueden cambiar la suerte de una ciudad o una región para siempre». El sentido de esa frase no es fatalista: los autores documentan reconstrucciones que usaron la crisis para resolver problemas urbanos antiguos, mejorar estándares de construcción, renovar infraestructura y fortalecer la gobernanza local, precisamente las áreas donde Venezuela acumula evidentes rezagos desde antes del sismo.
La buena noticia es que el marco de los cuatro pilares no requiere inventar instituciones desde cero ni esperar a que se resuelvan todas las tensiones políticas del país. Simplemente se requieren decisiones concretas y verificables: quién controla los fondos, quién comunica el progreso, quién coordina a los actores y qué plazos rigen cada etapa. En el próximo artículo de esta serie revisaré el primer caso concreto que documentaron Johnson y Olshansky de cerca: Japón, y el camino que recorrió desde el terremoto de Kobe en 1995 hasta la respuesta al triple desastre de Tohoku en 2011, con lecciones directamente aplicables a la ingeniería y la gobernanza que Venezuela necesita construir hoy.





