Reconstruir Venezuela será tarea de todos

El gran desafío será convertir el talento, el conocimiento y la voluntad de millones de venezolanos en una capacidad colectiva para transformar el país.

En los dos artículos anteriores he planteado una secuencia que considero fundamental para pensar en el futuro de Venezuela. Primero, volver a ver. Inspirado en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, propuse recuperar nuestra capacidad para observar el país con claridad, reconocer nuestros errores, identificar nuestras fortalezas y comprender las profundas transformaciones que están ocurriendo en el mundo. Después abordé la necesidad de aprender a liderar de una manera diferente. Las ideas desarrolladas por Kim B. Clark, Jonathan R. Clark y Erin E. Clark en Leading Through (Liderar a través de las personas) permiten imaginar un liderazgo cuya fortaleza proviene de su capacidad para liberar el talento, la iniciativa y la responsabilidad de los demás. Ahora corresponde completar aquella secuencia: ver, liderar y reconstruir.

Quizás este tercer verbo sea el más difícil, porque reconstruir Venezuela significará transformar visión en instituciones, liderazgo en capacidad colectiva y esperanza en resultados concretos. Cuando hablamos de reconstrucción, nuestra imaginación suele dirigirse inmediatamente hacia aquello que podemos observar físicamente: carreteras, hospitales, escuelas, sistemas eléctricos, acueductos, industrias, viviendas, aeropuertos y puertos. Venezuela requerirá enormes inversiones para recuperar y modernizar buena parte de esa infraestructura, pero una nación está formada también por aquello que resulta mucho menos visible y, en ocasiones, mucho más difícil de recuperar.

Reconstruir lo que no podemos ver

Tendremos que reconstruir instituciones, capacidades profesionales, sistemas educativos, productividad, cultura ciudadana y mecanismos de convivencia. Habrá que recuperar la capacidad del Estado para prestar servicios y crear las condiciones para que el sector privado pueda invertir, producir, innovar y generar empleo. Tendremos que fortalecer universidades y centros de investigación, recuperar talento especializado, modernizar empresas, incorporar nuevas tecnologías y abrir espacios para que los emprendedores puedan transformar ideas en oportunidades. Y, atravesando todos estos desafíos, aparecerá uno especialmente delicado: reconstruir la confianza entre los venezolanos. El capital financiero puede movilizarse con relativa rapidez cuando existen oportunidades y condiciones adecuadas; el capital social requiere años de coherencia, instituciones confiables y experiencias compartidas para consolidarse.

Existe además una distinción fundamental entre recuperar y reconstruir. El país que queremos recuperar pertenece, en buena medida, a nuestros recuerdos; la Venezuela que tendremos que construir pertenecerá a nuestros hijos. Nuestra mirada, por tanto, deberá dirigirse hacia adelante. Durante décadas, nuestra economía estuvo estructurada alrededor de una extraordinaria riqueza petrolera. El petróleo y el gas continuarán siendo activos estratégicos de enorme importancia, pero el mundo que está emergiendo abre otras posibilidades y plantea exigencias diferentes. La inteligencia artificial, la automatización, las energías renovables, la biotecnología, los nuevos materiales, la economía digital, la transición energética y la transformación de las cadenas globales de suministro están redefiniendo la competitividad de las naciones.

Venezuela tendrá que incorporarse a esas transformaciones y utilizar la reconstrucción como una oportunidad para modernizarse. Cada infraestructura recuperada debería llevarnos a pensar cómo queremos que funcione durante las próximas décadas. Cada institución reformada debería diseñarse pensando en el ciudadano del futuro. Cada inversión debería contribuir a desarrollar capacidades que permanezcan mucho después de que el dinero haya sido gastado. La pregunta estratégica adquiere entonces otra dimensión: ¿qué Venezuela queremos construir?

De los recursos a las capacidades

Nuestro país posee una extraordinaria dotación de recursos: petróleo, gas, minerales, agua, tierras agrícolas, biodiversidad, costas, potencial turístico y una ubicación geográfica privilegiada. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que la verdadera riqueza de una nación surge de su capacidad para transformar esos recursos en desarrollo humano. Allí reside uno de nuestros grandes desafíos: convertir petróleo en educación; gas en industria; minerales en cadenas productivas; ubicación geográfica en capacidad logística; biodiversidad en investigación; universidades en conocimiento; conocimiento en innovación; innovación en empresas; y empresas en empleo, prosperidad y bienestar. Esa cadena de transformación requiere instituciones, inversión, conocimiento, planificación, disciplina y liderazgo.

A todos estos activos debemos agregar uno que hace algunas décadas Venezuela apenas poseía en la dimensión actual: una inmensa comunidad de venezolanos distribuida por el mundo. La diáspora ha significado una dolorosa pérdida de capital humano. Millones de personas, entre ellas profesionales, técnicos, científicos, profesores, médicos, ingenieros, empresarios, emprendedores y trabajadores especializados, tuvieron que construir sus vidas fuera del país. Pero ese proceso ha creado también una realidad nueva que deberíamos aprender a observar desde una perspectiva estratégica.

La diáspora como red global de conocimiento

Hoy existen venezolanos trabajando y aprendiendo dentro de empresas, universidades, hospitales, centros tecnológicos, organismos internacionales y emprendimientos en decenas de países. Han conocido otras instituciones, aprendido nuevas maneras de trabajar, construido relaciones, desarrollado competencias, creado empresas y acumulado experiencias. Ese conocimiento constituye un extraordinario capital venezolano distribuido por el planeta. Nuestra tarea será encontrar mecanismos para conectarlo con la reconstrucción nacional. Algunos regresarán físicamente; otros podrán participar desde los países donde han construido sus vidas, mediante inversión, enseñanza, asesoría, transferencia tecnológica, creación de empresas, redes profesionales o conexiones internacionales. Venezuela tiene ante sí la posibilidad de transformar una de las consecuencias más dolorosas de su crisis en una formidable red global de conocimiento.

La magnitud de la reconstrucción exige también comprender que miles de problemas diferentes necesitarán miles de soluciones diferentes. Una comunidad puede requerir recuperar su sistema de agua; otra, mejorar una escuela. Una ciudad necesitará reorganizar su transporte; una universidad, reconstruir sus laboratorios; una región agrícola, mejorar carreteras, almacenamiento y acceso a mercados; una industria, incorporar tecnología y financiamiento. Cada territorio conoce necesidades particulares y muchas de las mejores soluciones surgirán cerca del lugar donde ocurren los problemas.

Millones de capacidades individuales

Aquí adquiere sentido la concepción de liderazgo distribuido que planteaba en el artículo anterior. Necesitamos comunidades capaces, gobiernos locales competentes, empresas dinámicas, universidades conectadas con su entorno y ciudadanos con capacidad para tomar iniciativa y asumir responsabilidades. Un maestro que transforma su escuela, un médico que mejora su hospital, un empresario que genera empleo, un funcionario que simplifica un proceso, un científico que convierte conocimiento en soluciones o un emprendedor que transforma una necesidad en una empresa forman parte de la misma tarea. Reconstruir Venezuela significa convertir millones de capacidades individuales en una fuerza colectiva de transformación.

Para conseguirlo necesitaremos también un propósito común capaz de unirnos. Durante demasiado tiempo, buena parte de nuestra conversación nacional ha estado determinada por el conflicto, la confrontación y la búsqueda de culpables. La reconstrucción ofrece la oportunidad de orientar progresivamente esa energía hacia otra pregunta: ¿qué podemos construir juntos? Una sociedad puede movilizar una enorme energía cuando consigue compartir un propósito suficientemente grande. Venezuela tendrá que encontrar su propio camino, determinado por nuestra historia, nuestra cultura, nuestros recursos, nuestra geografía y nuestra gente, pero podemos aprender de aquellas naciones que lograron sostener objetivos fundamentales durante varias generaciones.

Preservar el destino mientras debatimos el camino

Las grandes transformaciones nacionales requieren continuidad de propósito. Reconstruir un país exige décadas, razón por la cual necesitaremos acuerdos fundamentales capaces de trascender gobiernos, ciclos electorales y diferencias políticas. Educación, instituciones, infraestructura, productividad, seguridad jurídica, diversificación económica, tecnología y desarrollo humano deberían formar parte de ese horizonte compartido. Una sociedad democrática discutirá intensamente sobre las políticas necesarias para alcanzar esos objetivos, y precisamente allí reside parte de su vitalidad. El desafío consiste en preservar el destino común mientras debatimos sobre el camino para alcanzarlo.

Quizás la imagen que mejor representa la Venezuela que imagino sea la de una generación de constructores. Personas dispuestas a construir instituciones, empresas, escuelas, comunidades, conocimiento, confianza y oportunidades; una generación que comprenda que recibir un país con enormes dificultades significa también recibir una oportunidad histórica para transformarlo. Nuestros jóvenes deberían poder mirar Venezuela y descubrir un territorio donde vale la pena crear. Nuestros profesionales deberían encontrar espacios donde aplicar sus conocimientos; nuestros empresarios, condiciones para invertir pensando en décadas; nuestros científicos, oportunidades para investigar; nuestros maestros, posibilidades reales para formar; nuestros servidores públicos, instituciones donde servir; y nuestra diáspora, múltiples caminos para participar. Entonces comenzaremos a transformar algo mucho más profundo que nuestra economía: nuestra relación con el futuro.

Ver. Liderar. Reconstruir.

La secuencia que comenzó con Saramago adquiere aquí su sentido completo. Ver significa recuperar claridad para comprender dónde estamos, reconocer nuestros errores, identificar nuestras capacidades y observar atentamente el mundo. Liderar significa transformar esa visión en capacidad humana, creando las condiciones para que las personas puedan actuar, aprender, innovar, asumir responsabilidades y desarrollar a otros. Reconstruir significa convertir toda esa capacidad en resultados: escuelas funcionando, hospitales atendiendo, empresas produciendo, instituciones respondiendo, comunidades prosperando, jóvenes imaginando su futuro dentro del país y una nación recuperando progresivamente la confianza en sí misma.

Quizás dentro de algunas décadas alguien mire hacia este período de nuestra historia y trate de identificar el momento exacto en que comenzó la reconstrucción de Venezuela. Difícilmente encontrará una fecha precisa. Las grandes transformaciones suelen comenzar cuando suficientes personas deciden asumir responsabilidad por aquello que tienen a su alcance. Un maestro en su escuela, un médico en su hospital, un empresario en su compañía, un estudiante en su universidad, un funcionario en una institución, un científico en su laboratorio, un emprendedor desarrollando una idea, una familia formando a sus hijos o una comunidad resolviendo sus problemas.

Son millones de pequeños puntos de luz que pueden comenzar a conectarse. Saramago nos permitió reflexionar sobre la necesidad de recuperar la capacidad de ver. Una nueva concepción del liderazgo nos permitió comprender que esa luz puede multiplicarse a través de los demás. Ahora corresponde convertir esa visión y ese liderazgo en capacidad para construir. La Venezuela del futuro será, en gran medida, aquella que seamos capaces de imaginar, diseñar y construir juntos.

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