La geopolítica de la inteligencia artificial: chips, poder y la guerra que no vemos

En abril de 2025, Nvidia superó los 3 billones de dólares de capitalización bursátil. Esta compañía comercializa los equipos electrónicos que permiten la capacidad de cómputo para inteligencia artificial, un activo que en el inminente mundo del futuro resulta más estratégico que cualquier barril de petróleo, tonelada de acero o vehículo ensamblado. Detrás de cada modelo de IA, cada recomendación y cada asistente virtual hay un chip. Y detrás de cada chip se despliega una cadena de suministro increíblemente concentrada: diseño estadounidense (Nvidia, AMD), fabricación en Taiwán (TSMC), tecnología de fabricación holandesa (ASML) y ensamblaje en China o Corea. Esa concentración constituye, hoy, el talón de Aquiles de la economía digital global.

En este análisis describiremos el poder detrás de la IA: qué países controlan los medios de producción de la inteligencia artificial y qué significa para el resto del mundo.

Nvidia: la empresa más importante que quizá no conoces

En el año 2021, hace apenas cinco años, Nvidia era conocida por sus tarjetas gráficas para videojuegos. Hoy sus procesadores —denominados GPU— son el cerebro de la inteligencia artificial. ChatGPT, Gemini, Claude y todos los grandes modelos funcionan sobre miles de GPU de Nvidia conectadas en paralelo. La compañía posee, en este momento, más del 80% del mercado de chips para IA. Su demanda alcanza tal magnitud que los gobiernos hacen cola para adquirir sus procesadores no solo por razones económicas, sino por seguridad nacional, ya que quien controla los chips, controla la capacidad de entrenar los modelos de IA más avanzados. Y ahí empieza la guerra.

Taiwán: el cuello de botella más caliente del planeta (tecnológicamente)

En la actualidad, el 90% de los chips más avanzados del mundo se fabrican en Taiwán, en las plantas de TSMC. Un bloqueo o una caída de Taiwán paralizaría la industria global de IA en días, no en meses. Esta realidad explica por qué Estados Unidos ha convertido la defensa de Taiwán en una prioridad estratégica, y también por qué China ha intensificado su presión sobre la isla. El control sobre el único nodo de fabricación de chips avanzados del mundo trasciende la soberanía territorial. La geopolítica de la IA pasa, hoy, por el «estrecho» de Taiwán.

La guerra de los chips: Estados Unidos vs China

Desde 2022, Estados Unidos ha impuesto restricciones a la exportación de chips avanzados a China, que no puede comprar GPU de última generación de Nvidia ni acceder a la tecnología de fabricación de ASML. China, por su parte, invierte cientos de miles de millones de dólares para desarrollar su propia industria de chips y reducir su dependencia. Sin embargo, la brecha permanece amplia: los analistas estiman que China se encuentra al menos 5 o 6 años por detrás de la frontera tecnológica. En inteligencia artificial, donde la carrera avanza por meses, esa distancia puede resultar insalvable.

Es vital entender, que lo que está en juego es quién tendrá la capacidad computacional para entrenar la próxima generación de IA en el planeta. Porque la IA es cada vez más una carrera de escala: el que tenga más chips conectados a más electricidad, gana.

Europa y la soberanía digital

Europa entendió tarde la magnitud del problema. Carece de un «campeón de chips» propio y depende de Estados Unidos para el diseño y de Taiwán para la fabricación. Por eso ha lanzado la European Chips Act, un plan de más de 40 mil millones de euros para duplicar su participación en la producción global de chips para 2030. Pero el problema europeo trasciende la fabricación: también implica alojar datos. La mayoría de los datos de empresas y gobiernos europeos residen hoy en servidores de AWS, Microsoft o Google —todas estadounidenses.

Europa aspira a la soberanía digital, pero su infraestructura permanece en manos de otros. Este es el dilema que enfrentará cualquier país que no sea Estados Unidos o China: se puede consumir inteligencia artificial, pero producirla requiere escala, inversión y una cadena de suministro que muy pocos controlan.

Lo que esto significa para América Latina (y Venezuela)

América Latina no fabrica chips, no diseña GPU ni tiene un campeón tecnológico global. Pero esa posición no la excluye de la geopolítica de la IA. La inteligencia artificial, al final del camino, necesita dos cosas que América Latina sí tiene o podría tener: energía y ubicación. Los centros de datos que entrenan y ejecutan modelos de IA se pueden instalar donde la electricidad sea abundante, barata y confiable. En ese ámbito, Brasil, Chile, Colombia y México están compitiendo activamente.

Venezuela, sobre el papel, podría entrar en esa liga. Dispone de energía hidroeléctrica de sobra. Pero la geopolítica de la IA premia la estabilidad, la predictibilidad y la capacidad de ejecución, y en esas tres variables el país sigue ausente. En este caso, no se dispone de fábricas de chips avanzados; pero se puede ofrecer el suelo, el aire y la electricidad para que los chips de las empresas líderes funcionen. Ese es el eslabón de la cadena donde América Latina puede jugar.

La ventana para entrar en este negocio, como venimos señalando, permanece abierta, pero exige acción inmediata: fortalecer el marco regulatorio, garantizar la confiabilidad del suministro eléctrico y construir alianzas público-privadas que conviertan el potencial en proyectos concretos. América Latina tiene la oportunidad de convertirse en el patio energético de la inteligencia artificial global, y Venezuela aún está a tiempo de sumarse a esa transformación.

El poder en la era de la IA

La geopolítica de la inteligencia artificial redefine el poder mundial. Los países que controlen el diseño de chips (EEUU), la fabricación (Taiwán, por ahora) o la energía para operarlos (los nórdicos, parte de América Latina) tendrán voz en el futuro digital. Aquellos que no posean ninguna de esas tres cosas, simplemente consumirán aplicaciones hechas por otros.

La inteligencia artificial es hardware, chips, capacidad de cómputo y electricidad. En esta “guerra”, quien controle esa cadena controlará no solo la tecnología, sino las reglas del juego económico y político del resto del siglo. En el próximo artículo exploraremos por qué la electricidad —ese recurso que damos por sentado— se ha convertido en el verdadero límite de todo este sistema, y por qué países con redes saturadas están empezando a decir «no» a los data centers que ellos mismos quisieron atraer.

Ultimas Publicaciones

El nuevo mapa del poder digital

¿Cuáles son los países que están ganando (y perdiendo) la carrera de los data centers? En los años 70, el poder se medía en barriles de petróleo. En los 90,

Ver »