Un país con potencial infinito… en oscuridad operativa

Venezuela vive una contradicción profunda: posee una de las mayores capacidades de generación eléctrica de la región y, al mismo tiempo, millones de ciudadanos enfrentan apagones diarios, racionamientos prolongados y una incertidumbre constante sobre algo tan esencial como encender la luz.

Hace algún tiempo escribí sobre el potencial eléctrico del país, sobre el legado de Guri, Caruachi y Macagua, y sobre la infraestructura que durante décadas sostuvo el crecimiento nacional. Ese potencial permanece. Lo que se ha deteriorado es la capacidad de mantenerlo en buen estado, operarlo y proyectarlo hacia el futuro. Allí se encuentra la raíz del problema: en la distancia entre lo que existe y lo que funciona.

Esa distancia se siente en la vida cotidiana. En Maracaibo, el calor marca el ritmo del día y de la noche. Cuando se va la electricidad, el aire acondicionado se detiene y el aire se vuelve pesado. Dormir se convierte en un desafío físico. La preocupación aparece de inmediato: la comida que puede dañarse, los equipos que pueden fallar, el cansancio acumulado que se arrastra al día siguiente. Es una rutina que desgasta y que condiciona la vida familiar.

En paralelo, miles de emprendedores intentan sostener sus negocios en medio de esa inestabilidad. Un comercio que depende de la refrigeración ve cómo su inventario se pierde en pocas horas. Otro que necesita conectividad queda aislado cuando fallan la electricidad y las telecomunicaciones. Cada interrupción impacta directamente en los ingresos, en la relación con los clientes y en la continuidad de la actividad económica.

Recuerdo una experiencia que ilustra con claridad esta realidad. En una ocasión, estando en Kuwait, fui a comprar un UPS para respaldar mi computadora. Un UPS es lo que se conoce como un sistema de respaldo de energía ininterrumpido, que contiene una batería que suministra electricidad por un período determinado en caso de falla en la energía eléctrica. La persona que me atendía no lograba entender para qué lo necesitaba. Le expliqué que era para protegerme de cortes y fallas eléctricas, y su reacción fue de sorpresa genuina, pude notar en su cara curiosidad e incredulidad al mismo tiempo. En su entorno, la electricidad fluye con estabilidad, forma parte de la normalidad, era lógico entonces pensar que aquel UPS era innecesario. Ese contraste revela hasta qué punto el venezolano ha tenido que adaptarse a una condición que en otros lugares resulta ajena.

Una responsabilidad que no puede diluirse

La responsabilidad sobre esta situación de suministro de electricidad poco confiable, tiene un eje claro. El sistema eléctrico venezolano está en manos del Estado, lo que implica que la gestión, el mantenimiento y la planificación dependen directamente de la administración pública. Las explicaciones coyunturales pueden apuntar a factores climáticos o al aumento de la demanda, pero el problema se ha extendido durante años y muestra rasgos de fondo: falta de mantenimiento sostenido, inversión insuficiente, ejecución incompleta de proyectos y una gestión que no logra anticiparse a los desafíos del sistema.

Más allá de lo técnico, el impacto más profundo se percibe en la relación entre el ciudadano y el servicio. En ocasiones el cliente va a pagar la factura, y en la oficina receptora de pagos no hay electricidad. El cliente no logra pagar oportunamente, y enseguida le llega una notificación de que su pago está atrasado y que pronto “el servicio le será suspendido”. No, no es un chiste, es una paradoja.

La electricidad es una base sobre la cual se construye todo lo demás: educación, salud, comercio, comunicaciones, bancos, y en algunos países más desarrollados, transporte. Cuando esa base se vuelve inestable, el resto del sistema también lo hace. La calidad de vida se resiente y la capacidad de progreso se ve limitada.

En América Latina existen experiencias de crisis energéticas, algunas vinculadas a fenómenos climáticos y otras a debilidades estructurales. Sin embargo, el caso venezolano presenta una particularidad relevante: el país cuenta con recursos suficientes para sostener un sistema robusto. La brecha entre capacidad y desempeño dirige la atención hacia la gestión como factor determinante. En otras palabras, tenemos cómo producir la electricidad, pero los sistemas no están operativos.

Volver a conectar el potencial con la realidad

Superar esta situación requiere colocar al ciudadano en el centro de la solución. La recuperación del sistema eléctrico debe priorizar la estabilidad del servicio en las regiones más afectadas, asegurar programas de mantenimiento continuos y verificables, y establecer mecanismos de seguimiento que permitan medir avances de forma transparente.

Al mismo tiempo, resulta necesario fortalecer soluciones locales que aumenten la confiabilidad del servicio, y la confianza en el suministro eléctrico a las comunidades, hospitales, escuelas y pequeños negocios, de modo que puedan operar con mayor estabilidad mientras se consolida la recuperación del sistema nacional.

La crisis eléctrica venezolana refleja una desconexión entre el potencial del país y su realidad operativa. Recuperar esa conexión implica decisiones firmes, visión de largo plazo y un compromiso claro con la calidad de vida de la gente. La energía está disponible. El desafío consiste en gestionarla con responsabilidad y convertirla nuevamente en motor de desarrollo. ¡Claro que se puede!

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