En Utah, los vecinos se organizaron para frenar un megacentro de datos que consumiría tanta electricidad como un tercio de los hogares del estado. En Irlanda, la red eléctrica colapsó simbólicamente sobre Dublín. En Ámsterdam, el ruido de los ventiladores industriales —24 horas al día, 7 días a la semana— terminó por hartar a los residentes.
¿Por qué medio mundo rechaza los data centers que la economía digital tanto necesita? Detrás de esta resistencia creciente hay tres capas que representan preocupaciones legítimas (agua, ruido, facturas eléctricas), NIMBYismo clásico (“en mi patio trasero, jamás”, es una nueva expresión basada en la frase en inglés: Not In My Backyard) y un grado real de tecnofobia.
Las razones concretas de la oposición: conflicto social y político
Estos proyectos consumen cantidades gigantescas de electricidad —equivalentes al consumo de ciudades medianas—, demandan grandes volúmenes de agua para enfriamiento y generan un zumbido constante. Los residentes cercanos se quejan frecuentemente de que el ruido afecta su sueño, su salud y el valor de sus propiedades. Además, existe el temor fundado de que el enorme consumo energético termine elevando las tarifas eléctricas para los hogares del vecindario y comercios locales.
Aunque los estudios económicos arrojan resultados mixtos según la región, la percepción de facturas más altas —y en varios casos la realidad— es uno de los principales detonantes sociales. Para una comunidad, da igual lo que diga un paper de Stanford, pero, si su recibo de luz subió después de que llegó un data center, el vínculo causal se vuelve político.
A esto se suma que estos proyectos suelen recibir importantes incentivos fiscales, lo que genera resentimiento en comunidades que sienten que cargan con los costos mientras los beneficios se concentran en las grandes tecnológicas.
Los números reflejan esta tensión. En Estados Unidos, según seguimiento sectorial de 2025-2026, más del 30% de los proyectos anunciados de cierta escala han sufrido cancelaciones o retrasos drásticos por oposición local o restricciones en la red eléctrica. En Europa, Irlanda impuso durante años restricciones en Dublín, Países Bajos ha limitado expansiones en Ámsterdam; y Dinamarca pausó temporalmente nuevas conexiones a la red por la fuerte demanda.
La carrera regional en América Latina
En América Latina el panorama es distinto y se mueve con rapidez. Según reportes de empresas consultoras como Jones Lang LaSalle (JLL) y Cargoson del 2025-2026, la región cuenta con más de 530 centros de datos y una capacidad instalada que supera los 1.100 MW, con un crecimiento anual cercano al 20%, lo cual indica una fuerte demanda de energía.
En Suramérica, Brasil lidera de forma contundente con cerca de 197 centros y casi la mitad de la capacidad regional. Mientras que México ocupa el segundo lugar con aproximadamente 173 instalaciones, impulsado en buena medida por el nearshoring. Chile se consolida como un hub estable con unos 59 centros, y Colombia crece de manera sostenida con alrededor de 41 instalaciones. Estos cuatro países concentran más del 90% de la capacidad y la inversión en la región.
Argentina y Perú también comienzan a posicionarse, aunque a menor escala. Todos ellos compiten activamente por atraer a los grandes operadores globales con energía competitiva, estabilidad regulatoria y conectividad.
Un rechazo que une a izquierda y derecha
Esta resistencia trasciende líneas partidistas. Reúne a vecinos preocupados por su calidad de vida, organizaciones ambientalistas, autoridades locales y figuras políticas de relevancia internacional que han impulsado ideas de moratoria ante el temor de que la IA acelere la automatización y aumente la desigualdad.
Sin embargo, los centros de datos son indispensables. Constituyen la infraestructura física que hace posible el cloud computing, el streaming, el comercio electrónico y el avance de la inteligencia artificial que está transformando drásticamente la productividad global.
Adoptar los cambios con pensamiento crítico Esta oposición en los países desarrollados, combinada con el avance acelerado de Brasil, México, Chile y Colombia en América Latina, crea una ventana de oportunidad de inversiones para la región. Es bien conocido el hecho de que Venezuela posee un enorme potencial hidroeléctrico y reservas de gas natural que podrían permitirle competir en esta carrera. Pero el principal obstáculo sigue siendo el mismo: la falta crónica de confiabilidad en el suministro eléctrico. Algo está muy claro, los operadores internacionales no están dispuestos a invertir cientos de millones de dólares en instalaciones que requieren energía ininterrumpida si no pueden garantizarla consistentemente.
El rechazo a los data centers, en esencia no es un rechazo a la tecnología. Creo más bien que es una reacción natural de los vecinos a medir sus impactos locales, ya que si no se gestionan adecuadamente ellos serán los más afectados. Sin embargo, los países que logren equilibrar las preocupaciones vecinales y ambientales con la necesidad estratégica de infraestructura digital serán los grandes ganadores del siglo XXI. Ganarán la capacidad de hospedar la inteligencia artificial del futuro. Y, en ese mundo que nos arropa en la actualidad, esto es el equivalente a tener puertos profundos en el siglo XIX o refinerías en el XX.





