Venezuela: El país del agua… sin agua

Una escena bastante común, abrir el grifo y que salga aire. Ese silbido metálico, seco y burlón es el sonido cotidiano de la tragedia venezolana. En un país bendecido con una red fluvial que es la envidia del continente, donde el Orinoco ruge y el Caroní desborda energía, la población vive condenada a la sequía inducida. Como bien mencioné en mi libro Bienvenidos al futuro, enfrentamos un castigo sistemático derivado de la desidia de quienes, sentados en despachos de poder, olvidaron que administrar es servir y no simplemente ocupar un cargo.

El ritual de la escasez: De la normalización al trauma

Para muchos venezolanos, la vida se mide en tobos recogidos por día. Yo mismo guardo en mi memoria una imagen que, de niño, me parecía parte de la rutina diaria: bañarme con un potecito, sacando agua de un bidón en el patio de la casa. Recuerdo la expectativa familiar cuando por fin «llegaba el agua» y la carrera por llenar cuanto recipiente estuviera vacío. En mi vecindario, esa era la norma. Solo los pocos que podían costear un tanque de agua y un sistema de bombeo independiente conocían el «lujo» de una ducha.

Esa es la mayor crueldad del sistema: nos robaron la noción de normalidad. El ciudadano de a pie hoy vive en una angustia constante, calculando cuántos platos puede lavar o si puede permitirse el «despilfarro» de bajar la palanca del inodoro. Es un desgaste mental que agota tanto como cargar los botellones. ¿Qué piensa esa madre que se despierta a las 3:00 a.m. porque escuchó que la tubería empezó a vibrar? Siente que su dignidad se le escapa por los dedos, mientras el Estado le debe la vida misma.

El emprendimiento contra la pared

Si para un hogar la escasez de agua es una tragedia, para quien intenta producir es una sentencia de muerte. Imaginen a un pequeño emprendedor, dueño de una panadería o una peluquería en el centro de Valencia o Barquisimeto. Sin agua, el negocio se detiene. El impacto no es solo operativo, es financiero: el presupuesto se desangra comprando camiones cisterna a precios de oro, lo que eleva los costos y mata la competitividad. El emprendedor venezolano no solo lucha contra la inflación o la burocracia; lucha contra la edad de piedra a la que nos ha confinado la falta de infraestructura básica.

El mito de la escasez frente a la realidad de la desidia

Hay que decirlo con fuerza: Venezuela no tiene una crisis de agua por falta de recursos naturales. No es una sequía climática; es una sequía de gestión. Mientras en el Medio Oriente, en países donde el agua dulce es un milagro geológico, con categoría de disponibilidad agua insignificante, los Estados han construido plantas desalinizadoras masivas para que cada habitante tenga suministro constante en su grifo, aquí nos morimos de sed frente al río.

Es absurdo y criminal que ciudades como Caracas, Barquisimeto o Valencia sufran racionamientos de semanas, o que Puerto Cabello —nuestro principal puerto— sea castigado históricamente con la sequedad absoluta, teniendo en us hidrografía cinco ríos principales, el mar y la tecnología a disposición. El contraste es hiriente: allá, en el desierto de los países árabes, hay voluntad y tecnología; aquí, en el paraíso hídrico, hay corrupción, falta de mantenimiento, ausencia de planificación y una centralización asfixiante que dejó morir las plantas de tratamiento y las estaciones de bombeo.

Un modelo fallido y el espejo regional

¿Por qué no funciona el modelo venezolano? Porque se basó en el populismo de la tarifa congelada y la politización de las hidrológicas. Se dejaron de cobrar los servicios de manera técnica, lo que impidió la reinversión. Se sustituyó al ingeniero de carrera por el cuadro político. En Latinoamérica tenemos casos como el de Bolivia en el año 2000 con la «Guerra del Agua», donde la privatización mal ejecutada generó caos, pero nuestro caso es el inverso y más letal: una estatización ineficiente que canibalizó los activos. A diferencia de Chile o Colombia, donde las asociaciones público-privadas han logrado coberturas casi totales, Venezuela se quedó anclada en un centralismo que solo sabe repartir escasez.

¿Cómo devolvemos el agua al grifo?

No hay soluciones mágicas, pero sí caminos urgentes. El usuario final, ese que hoy está cargando un tobo por las escaleras de un bloque en El Valle o en una barriada de Maracaibo, merece respuestas. Las hidrológicas deben volver a manos de las regiones y municipios, con supervisión de juntas de vecinos y expertos técnicos. El agua de los valencianos no puede depender de un burócrata en Caracas que no sabe qué bomba se quemó en Pao-Cachinche.

Es momento de grades transformaciones con inversiones mixtas. Es necesario permitir que empresas privadas inviertan en la rehabilitación de plantas y sistemas de distribución bajo contratos transparentes. Si el Estado no puede, debe dejar que quienes saben lo hagan. Por último, ya es momento de impulsar proyectos con tecnología de punta. Considerando el éxito de los países que están en el desierto, se puede evaluar la factibilidad de iniciar plantas de desalinización en nuestras zonas costeras para aliviar la presión sobre los embalses internos, siguiendo el modelo exitoso de las naciones árabes o incluso de islas vecinas como Aruba y Curazao.

El agua es vida, pero en Venezuela, su ausencia se ha convertido en una forma de control y humillación. Ya basta de bidones y potecitos. Es hora de que el futuro, ese que tanto hemos proyectado, llegue finalmente cargado de la dignidad que solo un servicio público eficiente puede otorgar, y digamos juntos: ¡Bienvenidos al futuro!

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