Inversiones, empleos, nuevas industrias y una visión de prosperidad para las próximas generaciones.
Imaginemos por un momento a Venezuela dentro de diez o quince años. Refinerías modernizadas, instalaciones petroleras operando con altos estándares de seguridad y eficiencia, complejos petroquímicos abasteciendo mercados nacionales e internacionales y miles de empresas venezolanas participando en una nueva dinámica industrial. Imaginemos también a nuestros jóvenes ingenieros trabajando junto a profesionales experimentados, a las universidades desarrollando soluciones para la industria, a los talleres fabricando equipos y a los puertos movilizando productos venezolanos hacia diferentes mercados del mundo. Esta visión representa una oportunidad extraordinaria. Comienza con la recuperación de nuestra industria energética y puede extenderse hacia la transformación de toda la economía nacional. Para hacerla realidad, necesitamos incorporar desde el principio una pregunta fundamental: ¿cómo serán los mercados en los que competirán las instalaciones que hoy decidamos recuperar?
En los tres artículos anteriores examinamos el deterioro de nuestros activos, las decisiones necesarias para rehabilitarlos o modernizarlos y las posibilidades de recuperar nuestra competitividad. Ahora corresponde abordar la pregunta que considero más importante de todas: ¿qué significaría esta recuperación para los venezolanos? Porque detrás de cada proyecto petrolero, cada refinería modernizada y cada nueva instalación petroquímica existe la posibilidad de generar inversiones, crear empleos, desarrollar empresas y fortalecer el bienestar de millones de personas y abrir nuevas oportunidades para nuestras familias. Allí se encuentra el verdadero alcance de esta transformación.
Reconstruir con la mirada puesta en el futuro
Un reciente análisis de Wood Mackenzie, publicado en noviembre de 2026 bajo el título “Adapt or die: Why oil refineries must evolve to survive” («Adaptarse o morir: la razón por la que las refinerías deben evolucionar para sobrevivir»), aporta una perspectiva relevante. La consultora prevé que la demanda mundial de petróleo alcance su máximo a comienzos de la década de 2030 y posteriormente disminuya de manera gradual. Es una proyección, sujeta a la evolución de la tecnología, las políticas y los mercados. Su análisis destaca que las posibilidades de adaptación dependen de las características de cada refinería. Entre las opciones aparecen la integración petroquímica, los productos especializados y las mejoras de eficiencia. También advierte que la petroquímica tiene sus sus propios ciclos y competencia, por lo que cada inversión requiere una evaluación particular. Para Venezuela, propongo traducir esta perspectiva en un principio de planificación: cada proyecto de recuperación debería incorporar una evaluación de su mercado futuro. Una instalación que entre en servicio durante la próxima década deberá poder competir durante muchos años. Por ello, tendremos que estudiar qué materias primas procesará, qué productos venderá, a quiénes abastecerá y cómo responderá a cambios en la demanda.
Nuestra reconstrucción puede beneficiarse de esta mirada prospectiva. Tenemos la oportunidad de seleccionar tecnologías, formar profesionales y desarrollar empresas con una visión que abarque las próximas generaciones.
La dimensión de las inversiones
La recuperación energética requerirá uno de los mayores esfuerzos de inversión de nuestra historia. En enero de 2026, Rystad Energy presentó un escenario para recuperar la producción petrolera venezolana hasta alcanzar tres millones de barriles diarios alrededor de 2040. Estimó aproximadamente 183.000 millones de dólares de inversión acumulada entre 2026 y 2040, equivalentes a unos 12.000 millones anuales en promedio. El escenario depende de inversiones sostenidas y de condiciones que permitan recuperar la confianza de los inversionistas.
Por otra parte, un reportaje de Reuters de julio de 2026 recogió estimaciones de especialistas que situaban en al menos 20.000 millones de dólares la restauración completa de la capacidad de refinación. Es una referencia sectorial que deberá contrastarse con evaluaciones detalladas de las instalaciones.
Estas cifras tienen alcances distintos y deben revisarse antes de agregarlas. Permiten, sin embargo, comprender la dimensión de la oportunidad: una cartera de proyectos capaz de movilizar capital, tecnología y actividad empresarial durante muchos años. Nuestra tarea será convertir esa posibilidad en proyectos bien estructurados, financiables y ejecutables, con beneficios duraderos para el país.
Una reconstrucción por etapas
Podemos plantearnos un horizonte de aproximadamente quince años, con proyectos que avancen simultáneamente según su preparación y viabilidad. Es una propuesta de organización del esfuerzo nacional; el calendario deberá ajustarse a los diagnósticos técnicos y a los recursos disponibles.
Durante los primeros tres años, la prioridad podría concentrarse en evaluar los activos, eliminar riesgos críticos, recuperar servicios esenciales y ejecutar trabajos que permitan restablecer operaciones confiables. Electricidad, agua industrial, mantenimiento, almacenamiento y transporte deberían atenderse desde el inicio.
Entre el tercer y el séptimo año podrían avanzar modernizaciones más complejas, proyectos de mejoramiento de crudos y ampliaciones selectivas de infraestructura. En los años posteriores podrían madurar nuevas inversiones petroquímicas, desarrollos gasíferos y proyectos industriales con mercados suficientemente estudiados.
Cada etapa debería preparar la siguiente. Así podríamos formar trabajadores antes de necesitarlos, desarrollar proveedores con anticipación y organizar una cartera continua de oportunidades para nuestras empresas. La disciplina en la ejecución será determinante: ingeniería de calidad, contrataciones transparentes, control de costos y seguimiento público de los resultados.
De la inversión al fortalecimiento de las empresas venezolanas
Uno de los aspectos más interesantes del escenario de Rystad Energy es su estimación de aproximadamente 156.000 millones de dólares en compras acumuladas de bienes y servicios. De ese monto, alrededor de 41.000 millones corresponderían al segmento de fabricación y construcción. La consultora también identificó oportunidades importantes en suministro de equipos, materiales metálicos, mantenimiento mecánico, electricidad, instrumentación, ingeniería, transporte y logística.
Imaginemos lo que significaría para Venezuela que nuestras empresas participaran competitivamente en esa demanda. Empresas de ingeniería desarrollando proyectos. Talleres metalmecánicos fabricando estructuras y componentes. Contratistas ejecutando obras civiles y electromecánicas. Compañías especializadas suministrando equipos eléctricos, instrumentación y servicios de inspección. A su alrededor podrían crecer negocios de transporte, alimentación, alojamiento, tecnología y apoyo logístico.
Para aprovechar estas oportunidades, propongo impulsar programas de desarrollo de proveedores venezolanos que combinen capacitación, certificación, acceso al financiamiento y alianzas tecnológicas. Las empresas necesitarán conocer con anticipación los requerimientos de los proyectos. También deberán prepararse para cumplir estándares exigentes de calidad, seguridad, costos y entrega.
Podemos aspirar a que una empresa que comience atendiendo la recuperación de nuestras instalaciones termine exportando servicios y conocimientos. Esa trayectoria permitiría prolongar el impacto de la inversión energética hacia otros sectores y mercados. La reconstrucción puede representar una nueva etapa para nuestro sector privado.
El empleo y el regreso del talento
Hay un punto crítico, y es obvio: detrás de cada proyecto habrá personas. La recuperación requerirá ingenieros de procesos, mecánicos, eléctricos y civiles, especialistas en instrumentación, inspectores, operadores, técnicos de mantenimiento, electricistas, soldadores certificados, supervisores y profesionales de numerosas disciplinas. También abrirá espacios para administración, finanzas, logística y gestión ambiental.
La cantidad de empleos dependerá de los proyectos ejecutados, las tecnologías utilizadas y la participación de proveedores nacionales. Será necesario distinguir los puestos temporales de construcción de los empleos que permanecerán durante la operación. Un programa de esta dimensión podría movilizar decenas de miles de trabajadores en sus etapas de mayor actividad. Ello exigirá que las inversiones se materialicen y que desarrollemos las competencias requeridas.
Podemos comenzar desde ahora a preparar esa fuerza de trabajo. Propongo vincular los programas de formación con la cartera de proyectos: identificar las competencias necesarias, fortalecer los institutos tecnológicos y organizar prácticas profesionales junto con las empresas. Cada inversión importante debería contar con un plan de capacitación asociado a sus necesidades.
El impacto alcanzará a numerosas familias venezolanas. Cada puesto de trabajo formal representa ingresos, consumo, oportunidades educativas, capacidad de ahorro y mejores perspectivas de desarrollo. La recuperación industrial puede convertirse en una fuente importante de movilidad social y crecimiento económico.
La comunidad venezolana en el exterior también puede desempeñar un papel extraordinario. Profesionales con experiencia internacional podrían contribuir mediante su retorno, asesorías, alianzas empresariales, investigación y formación a distancia. Imaginemos a un especialista venezolano transmitiendo su experiencia a un equipo de jóvenes que inicia su carrera en el país. Esa colaboración puede multiplicarse en universidades, talleres, centros tecnológicos e instalaciones industriales. Recuperar capacidades humanas será una de las inversiones más valiosas de todo este proceso.
Regiones que pueden convertirse en polos de desarrollo
La transformación tendrá una expresión concreta en nuestras regiones. En Falcón, la modernización del Centro de Refinación Paraguaná podría estimular empresas de mantenimiento, fabricación, ingeniería y servicios industriales, acompañadas de programas para desarrollar proveedores y fortalecer la formación técnica.
En Carabobo, la recuperación de la refinería El Palito abriría oportunidades en refinación, almacenamiento, transporte y logística. La rehabilitación del complejo petroquímico de Pequiven en Morón generaría insumos para la industria agroalimentaria y componentes para la industria química nacional e internacional, con encadenamientos hacia la manufactura y la producción de insumos agrícolas.
En Anzoátegui y Monagas, una planificación coordinada de petróleo, gas, mejoramiento de crudos y servicios podría facilitar proyectos complementarios y ampliar la actividad empresarial. En Zulia, podríamos movilizar la experiencia de sus trabajadores, universidades y empresas para impulsar una nueva etapa de actividad productiva.
Propongo pensar estos territorios como polos de desarrollo con agendas propias: infraestructura confiable, formación pertinente, empresas competitivas y mecanismos de coordinación entre autoridades, comunidades e inversionistas. Así, cada proyecto podría dejar capacidades que permanezcan en la región y sirvan de base para nuevas iniciativas. Una estrategia bien diseñada permitiría distribuir los beneficios de la recuperación energética entre numerosas comunidades venezolanas.
Nuevas industrias y nuevas generaciones de emprendedores
La visión se amplía cuando pensamos en lo que podríamos construir alrededor del petróleo y el gas. La disponibilidad de gas natural competitivo puede favorecer proyectos petroquímicos, producción de fertilizantes y determinadas actividades manufactureras intensivas en energía. El desarrollo de resinas y productos químicos puede abastecer a fabricantes de tuberías, empaques, componentes industriales y numerosos productos de consumo. Las necesidades de construcción y mantenimiento pueden estimular nuevas capacidades metalmecánicas y de fabricación especializada.
Propongo evaluar cada oportunidad con rigor: toda iniciativa deberá demostrar que dispone de materias primas, tecnología, infraestructura y compradores en condiciones competitivas. También podemos orientar parte del esfuerzo hacia servicios que tendrán aplicaciones más amplias: tratamiento de agua, mantenimiento avanzado, eficiencia energética, automatización, análisis de datos, inteligencia artificial y gestión ambiental. Imaginemos empresas venezolanas desarrollando herramientas para detectar fallas, mejorar el desempeño de equipos o administrar instalaciones a distancia. Las capacidades que adquieran podrían servir posteriormente a la agroindustria, el transporte, la manufactura y los servicios públicos.
Esta es una de las posibilidades más estimulantes de la reconstrucción: utilizar sus proyectos como espacios de aprendizaje empresarial y tecnológico. Nuestras universidades podrían participar mediante investigación aplicada, laboratorios compartidos y programas de emprendimiento. Los jóvenes encontrarían oportunidades para crear soluciones y construir sus propias empresas. La diversificación económica puede avanzar a partir de capacidades concretas que aprendamos a desarrollar y mejorar.
Confianza para invertir y resultados para la sociedad
Una transformación de esta magnitud necesita instituciones capaces de sostener compromisos de largo plazo. Seguridad jurídica, contratos claros, transparencia y reglas previsibles serán esenciales para estructurar los proyectos. Los inversionistas evaluarán cuidadosamente los derechos contractuales, el régimen tributario, la capacidad de recuperación de capital y la transparencia de los procesos administrativos. También necesitaremos organizaciones profesionales, supervisión competente y responsabilidades bien definidas.
La confianza deberá construirse con hechos: procesos competitivos, información accesible, decisiones sustentadas y compromisos cumplidos. Propongo que el seguimiento de la recuperación incluya indicadores que cualquier ciudadano pueda comprender. Además de la inversión ejecutada y la producción recuperada, deberíamos conocer los empleos creados, los profesionales formados, la participación de proveedores venezolanos y las nuevas exportaciones industriales.
También tendríamos que evaluar seguridad operacional, productividad, eficiencia energética y desempeño ambiental. Estos indicadores nos permitirían corregir el rumbo y reconocer qué proyectos están generando mayores beneficios. El progreso se hará visible en empresas capaces de crecer, trabajadores con mejores perspectivas y comunidades con nuevas oportunidades.
Una visión de prosperidad para Venezuela
A lo largo de estos cuatro artículos examinamos nuestra realidad industrial y trazamos una visión de futuro. Examinamos las condiciones de nuestras instalaciones. Reflexionamos sobre las decisiones para rehabilitar, modernizar o sustituir activos, recordando aquella experiencia profesional durante mis años en PDVSA, cuando especialistas venezolanos evaluaron la recuperación de la refinería de Cienfuegos. Analizamos también las posibilidades de nuestra producción petrolera, la refinación, los mejoradores de la Faja Petrolífera del Orinoco y la petroquímica.
Ahora podemos reunir esas reflexiones alrededor de un propósito nacional: convertir la recuperación energética en oportunidades de desarrollo para los venezolanos. El proceso exigirá años de trabajo, decisiones rigurosas y perseverancia. Podemos comenzar por preparar proyectos, formar personas, fortalecer empresas y construir acuerdos que permitan avanzar.
Imaginemos a una joven ingeniera que encuentre en Venezuela un proyecto donde desarrollar su talento. A un técnico que regrese para formar nuevos trabajadores. A una empresa regional que consiga su primer contrato industrial y, con el tiempo, llegue a exportar. A una universidad cuyo laboratorio ayude a resolver un problema de producción.
En esas historias comenzará a tomar forma la prosperidad que buscamos. Tenemos recursos naturales extraordinarios, una historia industrial importante y una comunidad de profesionales capaces de contribuir. Podemos reunir esas fortalezas alrededor de una visión compartida y convertirlas en resultados.
Cada barril de petróleo puede representar inversión, conocimiento, oportunidades empresariales y bienestar. Cada proyecto bien concebido puede abrir oportunidades. Cada empresa que se fortalezca puede ampliar nuestra capacidad productiva. Cada joven que adquiera una competencia podrá participar con mayores herramientas en la construcción de su futuro.
Con este cuarto artículo concluye la serie sobre reconstrucción de refinerías y su impacto en la economía venezolana, y queda planteada una tarea que nos convoca a todos: transformar nuestro potencial energético en conocimiento, trabajo y prosperidad compartida.
La riqueza bajo tierra nos ofrece una oportunidad. El futuro de Venezuela lo construiremos con el talento, las empresas y las instituciones que seamos capaces de desarrollar sobre ella.





