Venezuela ante el nuevo pacto petrolero: producir más y negociar mejor

El 16 de septiembre, en Houston, PDVSA y Continental Resources firmaron un memorando de entendimiento para desarrollar Ayacucho 2, un bloque de la Faja Petrolífera del Orinoco. La firma ocurrió durante la reunión de ministros de Energía del G20 y puso un proyecto concreto sobre la mesa de una discusión que había comenzado semanas antes.

Una discusión que comenzó el 28 de agosto

He evitado escribir sobre el nuevo rumbo de los acuerdos petroleros de Venezuela que se iniciaron desde el 28 de agosto de este año debido a la escasa y opaca información existente. Ese día, Donald Trump anunció lo que llamó el mayor acuerdo petrolero de la historia: un arreglo relativo a 17 campos y unos 65.000 millones de barriles, para los cuales la Casa Blanca describió concesiones de 100 años. La manera en que Washington presentó su participación, la situación política venezolana y las implicaciones de comprometer recursos por generaciones exigen una reflexión cuidadosa. Ahora, Ayacucho 2 es un proyecto distinto de aquel acuerdo, pero llega dentro del mismo giro estratégico.

En mi obra, Bienvenidos al Futuro, defendí una idea que mantengo: Venezuela debe aprovechar sus recursos petroleros, ahora. Un barril bajo tierra representa una posibilidad. Su valor para la sociedad aparece cuando genera ingresos, empleos, conocimiento y capacidad para financiar el desarrollo. Convertir ese potencial en riqueza exige inversión, tecnología, electricidad confiable, infraestructura y reglas capaces de sostener proyectos durante años.

Por eso recibo con interés la disposición de empresas que saben invertir y operar a gran escala. Continental, Chevron y otras compañías pueden contribuir a la recuperación de nuestra industria. Mi preocupación se concentrates en cómo se pacta, quién puede comprometer al país a largo plazo y qué parte del valor recibirá Venezuela.

Ayacucho 2: el recurso y el acuerdo pendiente

La empresa Continental estima que Ayacucho 2 contiene unos 30.000 millones de barriles de petróleo in situ en un área de aproximadamente 126.000 acres en Anzoátegui. La cifra describe el recurso calculado en el subsuelo; la cantidad recuperable, la producción y su rentabilidad dependerán de los estudios técnicos y las inversiones. Según la empresa, el memorando debe conducir a un Contrato de Participación Productiva (CPP) y, si este se firma, Continental operaría el bloque con 100 % de participación de trabajo.

Ese porcentaje, por sí solo, deja abierta la pregunta decisiva: ¿cuánta renta captará Venezuela? La respuesta dependerá de las regalías, los impuestos, la recuperación de costos, la distribución de la producción y las ganancias, la duración del contrato y las obligaciones de inversión. También habrá que conocer quién comercializará el crudo, cómo se administrarán los ingresos públicos y qué mecanismos resolverán las controversias. El CPP permitirá evaluar esos términos cuando su texto esté disponible.

La discusión exige distinguir los dos acuerdos. El anuncio del 28 de agosto se refiere a un esquema de 17 campos descrito por la Casa Blanca. Ayacucho 2 es el proyecto que Continental y PDVSA buscan desarrollar mediante un CPP. Ambos forman parte del acercamiento petrolero entre Venezuela y Estados Unidos, aunque cada uno necesita su propio examen contractual.

La legitimidad también sostiene la inversión

El memorando llega durante un interinato. Quien firma hoy podría comprometer decisiones que seguirán vigentes bajo varios gobiernos. Esa circunstancia vuelve indispensable construir legitimidad alrededor de los acuerdos: explicar sus beneficios esperados, publicar sus condiciones y someter sus compromisos de largo plazo a los controles institucionales que correspondan.

Washington busca seguridad energética y acceso a suministros. Venezuela busca recuperar producción, inversión e ingresos. Hay espacio para atender ambos intereses mediante contratos equilibrados. Para el inversionista, la transparencia ofrece estabilidad. Para los venezolanos, permite comprobar que el valor del recurso se traducirá en una participación justa y en beneficios tangibles. Un pacto capaz de sostenerse durante décadas necesita esa confianza.

Pensar más allá del próximo barril

Ayacucho 2 merece atención por lo que podría producir y por la conversación nacional que abre. Reactivar la Faja requerirá pozos, diluyentes, transporte, mantenimiento y personal preparado. Requerirá, además, electricidad confiable. Fortalecer el sistema del Caroní, incluido Guri, y complementarlo con otras fuentes de generación debe formar parte de cualquier estrategia industrial. El kilovatio es tan estratégico como el barril.

En diez o quince años podemos aspirar a una industria petrolera mucho mayor, acompañada de gas y petroquímica. Una meta tan ambiciosa como ocho o nueve millones de barriles diarios tendría que apoyarse en estudios rigurosos de recursos recuperables, capacidad de inversión, infraestructura y demanda. Pensar a esa escala nos obliga a diseñar desde ahora las condiciones para crecer.

La energía puede impulsar también agricultura, tecnología y turismo. Los centros de datos, de los cuales hemos hablado extensamente, ofrecen un ejemplo: la inteligencia artificial demanda electricidad, agua, conectividad y reglas previsibles. Venezuela tiene recursos y talento humano para atraer inversiones de ese tipo si planifica con responsabilidad y ofrece seguridad para proyectos duraderos.

El resultado debe sentirse en la vida cotidiana. La deuda externa, la inestabilidad económica y la pérdida de poder adquisitivo requieren respuestas junto con la recuperación productiva. El éxito de nuestra política petrolera se medirá también por su capacidad de ayudar a estabilizar la economía, reconstruir servicios y ampliar las oportunidades de los venezolanos.

A los liderazgos presentes y futuros les corresponde actuar con esa perspectiva. Hay que producir, atraer a quienes conocen el oficio y ofrecer condiciones para invertir. Hay que negociar de cara al país, con claridad sobre los riesgos, los beneficios y los compromisos que heredarán las próximas generaciones.

Venezuela tiene petróleo y tiene futuro. La calidad de sus acuerdos y la legitimidad de sus gobernantes ayudará a decidir cuánto de ese futuro podrá construir para sí misma.

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